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martes, 11 de junio de 2013

Indumentaria femenina

La dama medieval disfruta de gran fantasía en el vestuario, y dependerá siempre de su patrimonio. La ropa interior consiste en una camisa o kamese desde los hombros al suelo, de tejido fino, lino o seda para el verano y lana para el invierno; sobre ésta lleva una túnica o almexia que cierra con botones. En tiempo de frío puede llevar una especie de traje sin mangas con grandes sisas que permite ver las mangas adornadas de la almexia o túnica.
Si la dama sale de casa llevará encima un sayal o manto que le cubra la cabeza en señal de modestia. Si la dama está en casa usa el alfaime o toca. Estas prendas son obligatorias en la mujer casada que llevará siempre la cabeza cubierta: el pelo recogido con red, en moños o trenzas. No así la soltera. Que lo llevará suelto, de ahí la expresión "peinado de doncella". Se usan gorros como cofias en la España hispano-romana. El manto pesado es prenda para salir de casa y el manto ligero para estar en ella. También se lleva capa o zorama.
Las damas cristianas adoptaron con cierto gusto y coquetería el velo de sus congéneres islámicas que se tapaban la cara. No así las cristianas, que adoptaron el velo para colgárselo de una parte a otra de la cara, utilizando transparencias y vivos colores, que más revelaban que cubrían. Copiaron a su vez las islámicas de las cristianas, provocando la ira de los ulemas (doctores de la ley mahometana), que veían en ello la disolución de las costumbres y la contaminación del diablo.
Tanto el caballero como la dama usan trajes especiales para dormir llamados kamese o lecto. La dama usa la estola que más tarde se transformará en prenda litúrgica. La ropa interior masculina se componía de camisa y calzones cortos, parecidos a los pantalones de los bárbaros, pero mucho más cortos y tapados con la túnica. También usaban calzas, una especie de medias de tela.
La ropa interior de la mujer consistía en un simple camisón, sin nada debajo. Las mujeres también adoptaron el brial y una capa oriental con mangas largas y amplias. El brial, confeccionado con un tejido fino fruncido o plisado, era una prenda amplia y con caída como la de los hombres.
Las faldas eran largas hasta los pies, posiblemente como aislamiento del frío. Una nueva invención de esta época fue el corsé para realzar la figura femenina. Al final de esta época también surgió la moda de los vistosos tocados y velos hasta el suelo.
Hasta el siglo XV las prendas de vestir femeninas, menos extravagantes que las de los hombres, eran ajustadas, con falda de campana y mangas estrechas. Por encima del vestido se llevaba una cota y encima una capa sin laterales
El cabello se ocultaba debajo de una toca, pañuelo que se envolvía alrededor de la cabeza y del cuello hasta el mentón. En tiempo frío y en actos oficiales se llevaba un amplio manto de campana o circular. Con el paso del tiempo los tocados se fueron haciendo cada vez más fantásticos y sofisticados. Al principio primó la anchura y más tarde la altura, alcanzándose resultados solo comparables a las altas pelucas y los tocados deliberadamente representativos de finales del siglo XVIII.
En el siglo XIV las prendas de vestir femeninas se hicieron más ajustadas, como las de los hombres, y en el siglo XV, más complicadas y forradas. En este siglo se desarrollaron telares nuevos y más perfeccionados que dieron lugar a toda una nueva gama de tejidos, base de la rica y compleja indumentaria del renacimiento.

TEXTILES

En 713, los musulmanes invadieron la Península Ibérica e introdujeron una industria textil muy activa, especialmente sedera, en al-Ándalus, donde produjeron los tejidos hispanoárabes. Entre las técnicas destaca la tapicería egipcia, realizada con urdimbre y tramas de seda y oro. Empleaban el telar de lazos que conocieron en Persia y el imperio bizantino, así como las mismas técnicas y decoraciones, por ejemplo medallones con animales en el interior e hileras horizontales de bestias fantásticas. La estricta observancia religiosa de los almohades, invasores de al-Ándalus (1150), dio pie a que el dibujo de los tejidos se tornara geométrico y de pequeñas dimensiones en el siglo xiii, y con inscripciones. Esta suerte de decoración continuó, pero de mayores dimensiones y con la inclusión de temas heráldicos, durante los siglos XIV y XV.

Producción textil
A partir del siglo XIV los artesanos comenzaron a fabricar telas más elaboradas que causaron furor dentro de la rígida sociedad medieval. A las tradicionales fibras como la lana y el lino se agregaron la seda (proveniente de Damasco), el terciopelo y la gasa (tejida en Gaza), que no dejaron indiferente a nadie. La moda comenzaba a cambiar y la elegancia en el vestir despegaba.
En el sur de Italia, Nápoles constituía también un centro importante de producción e hilado de seda, junto a Catanzaro. Sin embargo, la fabricación de tejidos se efectuaba en las ciudades del Norte (Florencia, Venecia, Génova, Milán), a cuyos talleres la seda napolitana o calabresa era remitida para su confección definitiva. La industria textil italiana atravesó por momentos de dificultades a raíz de las guerras de Italia, aunque más tarde se recobró en parte.

Los Talleres de Flandes

Casi a fines de la edad media, los Talleres de Flandes eran considerados los mejores en Europa en lo que a confección textil se refería. En ellos los nobles se abastecían de finísimas telas, como paños suaves y abrigadores de lana elaborados por los artesanos.
Flandes, cercano a Alemanía, influyó en la moda del Sacro Imperio Romano Germánico. La túnica continuaba siendo la prenda principal, diferenciándose las castas por los adornos y bordados de oro.
Aquí, la materia prima utilizada era, principalmente, la lana de oveja merina procedente de Castilla, excelente para la fabricación de telas ligeras. La unión de ambos países bajo la Monarquía de Carlos V favoreció aún más las posibilidades de un comercio regular de exportación e importación de lana. Junto a la pañería, en Flandes floreció también una industrial textil artística de primera calidad como la tapicería. Los bellos tapices flamencos con representaciones de escenas bíblicas, mitológicas o históricas adornaron ricamente las paredes de los grandes palacios de la época.
El hito de esta región fue la fabricación de la primera aguja de acero, en 1370, en la ciudad alemana de Nuremberg.

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