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sábado, 1 de julio de 2017

El palacio renacentista






Palacio Strozzi 

El palacio renacentista
  
Muchos fueron los factores que determinaron que el renacimiento del clasicismo tuviera lugar en la pequeña República de Florencia. En primer lugar, la arquitectura gótica, triunfante en toda Europa, nunca fue del todo aceptada por los pueblos de Italia. Por el contrario fue considerada como un arte extranjero, ajeno a su sensibilidad y a su tradición.
Salvo en casos excepcionales como el de la Catedral de Milán, diseñada por arquitectos extranjeros, los edificios góticos italianos presentan sólo algunos aspectos superficiales de esa arte mientras que permanecen clásicos en cuanto a que el sistema estructural es de pesados muros en vez de delicados nervios, el espacio presenta una verticalidad mucho menos acusada y la iluminación es a través de pequeñas ventanas y no de grandes vidrieras.
  Por otra parte, Florencia en particular se había convertido en una potencia económica gracias al comercio de la lana, a su industria textil y a sus prestigiosos bancos. Por entonces el florín, la moneda de oro florentina, circulaba por toda Europa y se había convertido en la unidad cambiaria de referencia del continente. Esta prosperidad material fue acompañada por un anhelo de progreso artístico e intelectual de las clases altas. Éstas estaban orgullosas de sus méritos y gozaban del tiempo libre necesario para poder avocarse al estudio de la antigüedad clásica. La primera cuestión derivó en el desarrollo de un pensamiento centrado en el hombre: el Humanismo; la segunda, en la revitalización y emulación de las obras de la antigüedad clásica: el Renacimiento.     
  Los poderosos príncipes mercaderes del Renacimiento eran diplomáticos, guerreros, poetas y estudiosos de la antigüedad; dominaban las lenguas clásicas y coleccionaban pergaminos y obras de arte antiguos. Estos hombres patrocinaban generosamente las artes encomendando pinturas, esculturas y obras de arquitectura, tanto para sí como para la comunidad. Dicho fomento particular del arte será conocido como el Mecenazgo.   El refinamiento en las costumbres de las clases altas dio origen a una nueva tipología residencial: el palacio. Acorde con los tiempos y a diferencia del castillo medieval, emblema del feudalismo, este tipo edilicio estará ubicado en plena ciudad, carecerá de murallas y fortificaciones y será el símbolo de la sofisticación y urbanidad de la burguesía triunfante.  
  La principal base teórica de la arquitectura del Renacimiento fue un tratado escrito en el siglo I a.C.,  cuyo autor es un arquitecto romano, Marco Vitruvio Polión. A pesar de que no tuvo gran repercusión en su tiempo, el tratado de Vitruvio se convirtió en una obra de culto para los arquitectos renacentistas debido a que era el único libro de su especie que había llegado a sus días desde los tiempos clásicos. Este manual de arquitectura versa -entre otras cosas- sobre los órdenes clásicos, la simetría y las formas y proporciones ideales. Estas últimas provienen
de las teorías de Platón sobre la perfección intrínseca del círculo, el cuadrado y sus figuras y cuerpos geométricos derivados. También expresa que las proporciones ideales pueden encontrarse en el cuerpo humano y relaciona ello con las formas de Platón. Leonardo Da Vinci fue quien logró trasladar exitosamente esta idea al papel, concibiendo el famoso dibujo conocido como el Hombre de Vitruvio.  Tanto como para Pitágoras, para los arquitectos del
Renacimiento todo era número. Sostenían que así como la racionalidad numérica creaba armonía en la música, crearía belleza en la arquitectura. De allí deviene el hecho de que proyectaran los edificios bajo estrictas relaciones matemáticas.  
  El palacio renacentista, siguiendo la tradición mediterránea, se organiza en torno a un patio central. El mismo está rodeado, en planta baja, de galerías abovedadas sostenidas por arcos que descansan sobre delgadas columnas clásicas. Sobre las galerías habrá tantos niveles como tenga el edificio sobre la planta baja. El palacio renacentista es idealmente cuadrado y su patio también. Ello respondía a la idea de la planta centralizada, la cual se apoyaba en el concepto humanista del hombre como centro, que se pone de manifiesto en la Oración de la Dignidad del
Hombre, de Pico de la Mirandola: “Te he puesto en el centro de la creación para que en adelante puedas observar más fácilmente todo lo que hay en el mundo que te rodea”.
  Los palacios renacentistas generalmente se desarrollan en tres niveles: la planta baja daba lugar a las oficinas; el primer piso, el piano nobile, estaba destinado a la familia y el segundo a los sirvientes. Las escaleras que vinculan los diferentes niveles no tienen el protagonismo que alcanzarán en el período barroco. León Battista Alberti, arquitecto y tratadista del Renacimiento escribirá al respecto: “Cuantas menos escaleras haya en un edificio y menor sea el espacio que ocupen, menos molestias causarán”.      
  Las fachadas del palacio renacentista son simétricas y se desarrollan en un mismo plano, sin cuerpos adelantados ni retranqueos, lo cual permite una clara lectura del volumen del edificio. Siguiendo la tradición medieval, están decoradas con almohadillados que simulan sillares de piedra rústica. Sin embargo, los arquitectos del Renacimiento dieron a esta tradición un sentido totalmente nuevo: dispusieron pesados y toscos sillares para la planta baja, más livianos para el primer piso y aún más para el segundo. Mediante esta gradación se hace una clara diferenciación de los niveles y se otorga a la fachada “tectonicidad”, es decir, la impresión de que las partes inferiores pueden soportar el peso de las superiores. Coronando las aberturas, que se disponen en forma regular, los sillares forman arcos y de esa forma las jerarquizan. Es de destacar que, siguiendo con la tradición medieval, las ventanas de los palacios renacentistas están divididas al medio por una columna que sostiene los dos arquillos que conforman el dintel. Este tipo de ventana recibe el nombre de ajimez.  
  Los primeros palacios del Renacimiento están rematados por una cornisa clásica proporcionada a la altura total del edificio. Dicho coronamiento permite ocultar los tejados y de esta forma no alterar la volumetría cúbica. Así son los palacios Picolomini, de Alberti, en Siena (1469); Medici-Riccardi, de Michelozzo di Bartolommeo (1444) y Strozzi, de Benedetto da Maiano (1489), los dos últimos en Florencia. A medida que progresaban los estudios sobre las ruinas de Roma, las fachadas se fueron enriqueciendo mediante la introducción de otros elementos de la arquitectura clásica.

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